Las viviendas solían tener una o dos estancias: una sala principal con el hogar, y otra más pequeña como almacén. Algunas casas alcanzaban hasta 50 m², aunque las de élite podían superar los 500 m², como la "Casa del Caudillo" en Les Toixoneres.
balawat.com
Las casas iberas, eran espacios sencillos pero esenciales para la vida familiar. En ellas se cocinaba, se almacenaban alimentos y se compartía la vida diaria, reflejando la estrecha relación de estas comunidades con su entorno.
Se levantaban sobre zócalos de piedra unida con barro. Sobre ellos se construían muros de adobe o tapial, revestidos con enlucido de barro y encalado para protegerlos de la lluvia.
Las viviendas solían tener una o dos estancias: una sala principal con el hogar, y otra más pequeña como almacén. La mayoría eran viviendas relativamente modestas, aunque en algunos poblados existieron casas de mayor tamaño vinculadas a grupos dirigentes o élites guerreras. En la Ciudadela Ibérica de Calafell, por ejemplo, se ha identificado una de estas viviendas como la llamada "Casa del Caudillo".

Sobre los muros descansaba una estructura de vigas de madera, cubierta con ramas, cañas y una gruesa capa de barro. Algunos tejados podían ser prácticamente planos y otros tener una ligera inclinación para evacuar el agua. En las habitaciones más grandes, un poste de madera podía ayudar a sostener toda la estructura.
Aunque predominaba la funcionalidad, algunas casas estaban enlucidas y encaladas, e incluso pintadas con tonos rojizos, verdes o azulados. Esto sugiere un cierto gusto estético y simbolismo en el entorno doméstico.

Una casa protegida desde sus cimientos
Bajo algunos pavimentos y muros se han encontrado restos de animales enterrados intencionadamente. Los arqueólogos interpretan muchos de estos depósitos como posibles sacrificios realizados al levantar la vivienda: una forma de proteger simbólicamente la casa y a quienes iban a vivir en ella.
Son pequeños gestos que nos recuerdan que construir una vivienda no era solo una cuestión práctica. También podía tener un significado ritual.

Entrar en una casa ibera
Imagina que cruzas el umbral de una casa íbera al amanecer. El aire es denso, cargado con el aroma terroso del barro seco y el humo suave que aún flota desde el hogar encendido la noche anterior.
La luz entra tímida por una pequeña abertura en el muro, proyectando haces dorados sobre el suelo de tierra apisonada. Las sombras bailan sobre las paredes encaladas, donde cuelgan herramientas de madera, pesas de telar y alguna vasija de cerámica decorada con motivos geométricos. No hay muebles como los nuestros, pero sí bancos de obra, estantes excavados en el muro y un hogar circular en el centro, donde arde lentamente la leña de encina.
En una esquina, un molino de mano reposa junto a un saco de grano. El olor a cereal molido se mezcla con el de hierbas secas colgadas en haces, que perfuman el ambiente con notas de tomillo, espliego y romero. El silencio es profundo, pero no vacío: se llena con el crujido de la madera, el murmullo del fuego y el eco lejano de pasos en el patio.
La atmósfera es íntima, austera y viva. Cada objeto tiene su lugar, cada rincón su función. Aquí se cocina, se teje, se conversa. Aquí se vive.

Muchas de estas viviendas se agrupaban en poblados fortificados conocidos como oppida. Rodeados por murallas y situados a menudo en lugares elevados, funcionaban como centros de población, intercambio y control del territorio.

Reconstruir una casa ibera
Las reconstrucciones virtuales permiten devolver a estas viviendas todo aquello que la arqueología ya no conserva: los muros completos, las cubiertas, los objetos, el fuego del hogar o la organización de cada estancia. En BALAWAT utilizamos la documentación arqueológica para transformar esos restos en espacios comprensibles y acercarnos, con la mayor coherencia posible, a la vida cotidiana de quienes los habitaron.
