Fullonicae romanas: las lavanderías de hace dos mil años
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Las Fullonicae romanas
Cuando pensamos en una ciudad romana solemos imaginar templos, termas, teatros, mercados o grandes casas decoradas con mosaicos. Pero entre sus calles existían también numerosos talleres dedicados a actividades mucho más cotidianas. Uno de los más característicos era la fullonica, un establecimiento destinado al lavado, tratamiento y acabado de los tejidos.
Podríamos compararla, con cierta cautela, con una mezcla entre lavandería, tintorería y taller textil.

¿Qué era una fullonica?
La ropa era un bien valioso en época romana. Fabricar una prenda requería obtener la fibra, hilarla, tejerla, confeccionarla y, finalmente, someterla a distintos tratamientos para conseguir el aspecto adecuado.
Las fullonicae se ocupaban principalmente de limpiar y tratar tejidos, tanto prendas usadas como telas recién fabricadas que necesitaban mejorar su textura, blancura o acabado.
Al frente del trabajo estaban los fullones, artesanos especializados cuyo oficio conocemos gracias a los textos antiguos, las inscripciones y, sobre todo, a algunas fullonicae excepcionalmente conservadas por la arqueología.
Lavar la ropa... con los pies
Uno de los elementos más característicos de estos talleres eran unas pequeñas pilas o recipientes en los que se introducían las telas junto con agua y diferentes sustancias limpiadoras.
El trabajador se colocaba dentro y pisaba repetidamente los tejidos con los pies, removiéndolos y presionándolos contra las paredes del recipiente. Era una especie de lavado y batanado manual que exigía bastante esfuerzo físico.
Después, las prendas pasaban por sucesivos procesos de aclarado, escurrido, cepillado y secado.
Las instalaciones necesitaban, por tanto, abundante agua y sistemas capaces de evacuar continuamente los líquidos utilizados durante el trabajo.

El ingrediente más famoso: la orina
Una de las curiosidades que más sorprende actualmente es la utilización de orina humana en determinados procesos de limpieza.
Al descomponerse produce compuestos amoniacales que ayudan a eliminar la grasa y la suciedad de los tejidos. Para los romanos era simplemente una materia útil dentro de un proceso artesanal.
Incluso sabemos por las fuentes antiguas que la recogida de orina llegó a tener valor económico. De ahí procede la famosa historia del emperador Vespasiano, que estableció un impuesto relacionado con su aprovechamiento. Ante las críticas, según la tradición, respondió con una frase que ha llegado hasta nuestros días:
"Pecunia non olet" — el dinero no huele.
Mucho más que una lavandería
El trabajo de una fullonica no terminaba cuando la prenda estaba limpia.
Los tejidos podían ser sometidos a nuevos tratamientos para blanquearlos, suavizarlos, cepillarlos y mejorar su apariencia final. Algunos procedimientos empleaban sustancias minerales y vapores que ayudaban a conseguir tejidos más claros y uniformes.
Todo ello convertía a estos establecimientos en auténticos talleres especializados en el mantenimiento y acabado de la ropa.
Y no era una actividad secundaria. La vestimenta tenía una enorme importancia social en Roma. Una toga limpia, blanca y correctamente tratada formaba parte de la imagen pública de determinados ciudadanos.

Talleres integrados en la ciudad
Las fullonicae podían encontrarse formando parte del propio tejido urbano, en ocasiones instaladas en locales abiertos a calles muy transitadas e incluso asociadas a viviendas y otros espacios comerciales.
El agua, las pilas de trabajo, las canalizaciones y las zonas destinadas al tratamiento de las prendas determinaban buena parte de su organización interior.
Gracias a ciudades como Pompeya y Ostia, donde se han conservado ejemplos especialmente interesantes, podemos aproximarnos al aspecto y funcionamiento de estos establecimientos.
Hoy, la arqueología y la reconstrucción virtual permiten ir un paso más allá: dejar de contemplar únicamente muros, pavimentos y depósitos para intentar comprender cómo funcionaban realmente estos espacios, quiénes trabajaban en ellos y qué actividad se desarrollaba diariamente entre sus paredes.
Porque reconstruir una ciudad romana no consiste solamente en recuperar sus grandes monumentos.
También significa devolver la vida a esos lugares cotidianos donde, hace dos mil años, alguien pasaba el día... lavando ropa con los pies.

